Esa noche, se quedó en el oscuro pasillo frente a la puerta de Emma, escuchando. No se oyeron golpes. Sólo el pequeño y constante sonido de la respiración de su hija y el lejano murmullo de la caldera. El silencio resultaba casi burlón, como si la casa estuviera esperando a ver si ella se atrevía a hacer la siguiente pregunta
Al día siguiente por la tarde, tomando un té tibio en la sala de profesores, mencionó la inspección a una compañera. «Dicen que hay un espacio oculto en la pared», dijo, intentando reírse. Su colega enarcó las cejas. «Espeluznante. Pero… ¿también mola? Estas casas antiguas tenían todo tipo de rincones. Seguro que alguien los ha tapiado»
