Aquella noche, después de arropar a Emma, abrió el portátil en la mesa de la cocina y concertó una cita por Internet con un terapeuta que había encontrado a través de un grupo de recomendación local. Parecía una medida práctica, del tipo que un adulto responsable adopta cuando el sueño se le escapa y los días se desdibujan.
En su primera sesión, Lucy describió la mudanza, la antigua casa y los ruidos que iban y venían. Mencionó estar sola con Emma, la conciencia constante de ser la única adulta en el edificio. El terapeuta la escuchó y luego habló de la adaptación, de la hipervigilancia, de la forma en que las mentes cansadas cosían patrones en sonidos inofensivos.
