Para entonces, el ruido vivía en sus pensamientos incluso cuando la casa estaba en silencio. En el trabajo, perdía el hilo de los correos electrónicos y oía golpes fantasmas entre las líneas de texto. De camino al colegio de Emma, se sorprendía a sí misma volviendo la vista hacia los ladrillos en blanco, como si el sonido pudiera seguirla hasta el exterior.
A finales de mes, el cansancio empezaba a notarse. Una tarde, Lucy vio su reflejo en el escaparate de una tienda: la cara desencajada, los hombros encorvados como si se estuviera protegiendo de un viento que nunca llegaba. Cuando la secretaria de la escuela le preguntó amablemente si todo iba bien, mintió y dijo que sólo necesitaba más café.
