Una madre encuentra un secreto en su casa que la lleva a una sorpresa aún más salvaje

«¿Mamá?» Emma levantó la vista de repente, con la muñeca bien agarrada. «¿Es hora de dormir? Lucy forzó una sonrisa y entró. «Casi, cariño» Pero mientras se arrodillaba para guardar el juguete, su mirada se detuvo en la pared, casi esperando que el yeso ondulara con el ritmo oculto que Emma parecía conocer.

Aquella noche, Lucy se quedó despierta, repitiendo la escena. La muñeca había mirado hacia delante, no hacia la pared: un juego perfectamente inocente. Sin embargo, los susurros de Emma resonaban en su mente, desdibujando la línea que separaba la fantasía infantil de los secretos ocultos de la casa. El miedo convertía los momentos ordinarios en algo que no podía dejar de ver.