Una madre encuentra un secreto en su casa que la lleva a una sorpresa aún más salvaje

Durante tres noches, dejaron de golpear. Las trampas permanecieron sin abrir, con el olor a desinfectante persistente donde ella había limpiado el zócalo. Lucy se dijo a sí misma que el manitas tenía razón; la perturbación había desaparecido. Durmió más profundamente, despertándose con la extraña sensación de que la casa había exhalado, agotadas sus quejas

La cuarta noche se despertó en la oscuridad sin saber por qué. El reloj digital marcaba las 2:21. La casa yacía a su alrededor en un silencio estratificado: el viento, el zumbido lejano de la caldera, la débil respiración de Emma. Justo cuando empezaba a relajarse, tres suaves golpes procedieron de la pared: precisos, uniformemente espaciados y directamente detrás de la cama de su hija