Una madre encuentra un secreto en su casa que la lleva a una sorpresa aún más salvaje

Aquella noche, después de acostar a Emma, pegó el oído a la pared. Bajo la débil música de las tuberías, percibió un ritmo: tres golpes suaves, luego dos golpecitos cortos. Contuvo la respiración. Cuando volvió a golpear, se hizo el silencio, espeso como el polvo, antes de asentarse de nuevo.

Aquella noche, Lucy soñó con pasillos estrechos, sin ventanas y sin aliento. Detrás de ella se oían pasos, siempre a un paso de distancia. Al despertarse, encontró a Emma junto a su cama, sosteniendo un trozo de pintura seca y agrietada. «La pared estaba llorando», susurró la niña. Fuera, el amanecer esparcía una pálida luz sobre el tejado empapado por la lluvia.