Un profesor jubilado se cansa de que la gente use su piscina sin consentimiento, así que decide darles una lección

Mientras se detenía, vio que la vecina miraba hacia su piscina. Su mirada se detuvo en el agua, casi apreciativa, antes de volver a las cajas. Aquello le inquietó de una manera que no podía describir. Aun así, la cortesía era importante.

Cruzó el césped y levantó una mano en señal de saludo. «Hola. Soy Arthur Caldwell. Bienvenido» El marido apenas levantó la vista. «Sí», murmuró, con los ojos fijos en su teléfono. La mujer no le dirigió la palabra.