Peter rebuscó en su mochila y sacó unas tijeras. «Mantén la luz fija», murmuró, con voz baja pero firme. Julie obedeció, y el haz de su linterna se fijó en el amasijo de plástico y redes. Empezó a cortar, y cada corte resonaba en la quietud.
El enmarañado material parecía interminable, aferrándose obstinadamente al pelaje y las extremidades de la criatura. Mientras trabajaba, Peter murmuraba para sí mismo, con un tono mezcla de frustración y preocupación. «Esto está mal. Está tan apretado que no me extraña que no pueda soltarse»
