Sus gruñidos se habían reducido a gemidos suaves e intermitentes, pero la tensión en el aire seguía siendo densa, presionando a ambos. Julie se quedó unos pasos atrás, con las manos cerradas en puños para calmar los nervios.
El bosque parecía cerrarse a su alrededor, cada susurro de las hojas o el crujido de una rama lejana aumentaba su conciencia de lo vulnerables que eran. Incluso el alce que los había conducido hasta allí los observaba desde la distancia, con su enorme silueta recortada contra la oscuridad del bosque.
