Ahora había llegado esta fotografía, sellada en junio de 2006, doce años después de que desaparecieran, pero veinte años atrás. Alguien la había impreso, escrito con letras mayúsculas y enviado a su escritorio. Alguien quería que mirara. La pregunta que le martilleaba el pecho no era quién lo había enviado. Era: ¿Por qué lo habían enviado después de tanto tiempo?
Su primera llamada fue al laboratorio forense: autentificar la fotografía. Segunda llamada: sacar el archivo de 1994 del almacén. La tercera llamada fue a su supervisora, la agente especial al mando Renata Voss, que escuchó sin interrumpir y luego dijo exactamente dos palabras – «Tranquilo, Marcus»- antes de colgar.
