Tres días de minuciosas entrevistas familiares arrojaron el mismo resultado esencial en ambos hogares: una ignorancia genuina y verificable. El dolor había sido real. El dinero del seguro se había destinado a gastos médicos, matrículas, años de vacas flacas. No había depósitos inexplicables ni cuentas ocultas que sugirieran décadas de silencio cómplice. La hipótesis del fraude se derrumbaba.
Sentados en el coche a la salida del centro de Raleigh, Dellray le dijo a Marsh: «No lo hicieron por dinero» Ella respondió: «¿Entonces para qué?» El dijo: «Todavía no lo sé. Pero alguien lo sabe. Alguien me envió esa fotografía por alguna razón. Algo cambió desde que desaparecieron»
