El chico miró a Daniel, con un destello de culpabilidad en su expresión. Sus pies permanecían pegados al suelo. Daniel asintió con la cabeza. Nada más. En el andén, el aire era más frío de lo esperado. Fresco. Fresco. Un cambio agradable respecto al aire reciclado del tren.
Daniel caminó unos pasos, se colgó la mochila al hombro y se detuvo cerca de un pilar para dejar que los pasajeros se movieran a su alrededor. Miró el amplio techo de la estación. Los arcos de hierro. Las claraboyas. Y entonces, por fin, sonrió. No era una gran sonrisa. Ni petulante. Ni vengativa.
