Luego, los largos e informes años posteriores, en los que no tuvo más remedio que seguir moviéndose porque Eli seguía necesitando desayunos, uniformes escolares y alguien que le contara la clase de mentiras a las que pueden sobrevivir los niños. Durante dos años, Jack se quedó en el pueblo donde había ocurrido.
Luego vendió la casa y los trasladó a tres horas de distancia, a una ciudad más tranquila donde las carreteras no parecían embrujadas y el horizonte no le recordaba lo que se habían llevado las montañas. De eso hacía ya seis años. El tiempo suficiente para que la vida volviera a ser manejable. Lo suficiente para que las rutinas se asentaran.
