¡Se enteró demasiado tarde de que su marido iba a vender la casa!

La casa era de Brett tras la muerte de su padre. Su llegada se sintió como una prueba de progreso. Las habitaciones se llenaban poco a poco de muebles y planos. Representaba permanencia, seguridad y una inversión compartida. Creía que las paredes podían albergar recuerdos, que la propiedad significaba pertenencia, aunque los papeles pusieran el nombre en otro lugar.

Siempre se había sentido mutua, aunque legalmente no lo fuera. Las decisiones se discutían, los gastos se compartían y el futuro se imaginaba en común. Ella nunca dudó de su lugar. La distinción entre nombre y propiedad parecía técnica, irrelevante. La confianza llenaba el vacío que dejaban los documentos, reforzada a diario por la costumbre, el afecto y los años de vida compartida.