Se casaron al cabo de dos años, creyendo que la estabilidad era suficiente y que los valores compartidos y la paciencia les llevarían adelante. Pensaron que el amor no necesitaba una validación constante. Necesitaba confianza, compromiso y espacio para crecer en silencio. Sus votos eran prácticos y sinceros, hechos para resistir más que para dar espectáculo.
Durante mucho tiempo, fue suficiente. La vida se desarrollaba de forma predecible y cómoda. Pagaban las facturas, planeaban las vacaciones y mantenían sus carreras. Hubo desafíos, pero nada que amenazara los cimientos que habían construido. La estabilidad se sentía como un éxito, una señal de que estaban haciendo las cosas bien, incluso cuando la excitación se suavizaba a diario en rutina, familiaridad y hábito.
