No había habido discusiones ni portazos. Ni traiciones evidentes ni voces alzadas. La ausencia de una advertencia clara la inquietó más de lo que hubiera podido hacerlo un conflicto. Significaba que había estado viviendo dentro de una erosión, viendo cómo la estabilidad se disolvía sin ruido ni protestas.
Se sintió tonta por no haberlo visto antes, por confiar en las cosas. Había confundido rutina con seguridad y tranquilidad con satisfacción. Se dio cuenta de que la culpa también era suya, por estar demasiado dispuesta a aceptar menos que la verdad sin reflexionar, resistirse o insistir.
