Laura se marchó sin gritos, dramas ni amenazas. Su marcha silenciosa fue deliberada. No quería montar una escena para justificar lo que sentía. La calma preservó la dignidad. Le permitió marcharse creyendo que se había elegido a sí misma.
Irse fue una pérdida, pero también un límite. Eligió la distancia frente a la duda y la soledad frente a la sospecha. Quedarse habría significado encogerse para adaptarse al secreto y aceptar una vida gestionada por omisión en lugar de la verdad mutua.
