Laura se imaginaba empezando de nuevo sola, presupuestando cada decisión, midiendo cada gasto. Ahora la independencia le parecía menos poderosa. No habría margen de error. Cada decisión tendría su peso. Se imaginó a sí misma calculando las compras, retrasando las reparaciones, eligiendo la precaución antes que la comodidad y la supervivencia antes que las posibilidades.
De repente, la traición le pareció personal y financiera, inseparables. El amor y el dinero se mezclaban en una sola herida. Laura se sintió expuesta, infravalorada y desechable. Su confianza se vio quebrantada por su silenciosa planificación. Le sugirió que todo el tiempo había sido dirigida, no asociada, y excluida de las decisiones que determinaban su futuro.
