¡Se enteró demasiado tarde de que su marido iba a vender la casa!

Revisó el correo lentamente, con la esperanza de haber entendido mal. Cada línea era cuidadosa, formal, despojada de vacilaciones. Fechas y números le devolvían la mirada. Nada sugería incertidumbre o pausa. El lenguaje era preciso, profesional y definitivo, como si la decisión ya hubiera sido aprobada, sin lugar a discusión.

Se le oprimió el pecho cuando se le agolparon las imágenes: otra mujer, otra vida, una decisión ya tomada. Imaginó habitaciones en las que nunca había entrado, mañanas que nunca compartiría. El pensamiento llegó completamente formado, aterrador en su certeza, pero le pareció instintivo, casi razonable, instalándose en sus pensamientos sin resistencia ni advertencia.