Recordó otra noche, semanas atrás. Él había llegado tarde a casa, distraído, con el teléfono en la mano. Cuando ella le preguntó por la cena, él murmuró una disculpa y se metió en el dormitorio, cerrando la puerta tras de sí.
Ella no había querido escuchar, pero las paredes eran finas. Oyó que alguien le hablaba. Luego su respuesta, tensa. «Aún no puede saberlo», dijo en voz baja. La frase se le clavó en el pecho, cargada de insinuaciones, sellando algo que no quería creer pero que no podía descartar.
