Con amargura, recordó cómo lo había defendido entonces. «Te estás imaginando cosas», se dijo a sí misma. «La gente viaja. El trabajo lo requiere» Las justificaciones sonaban maduras. Ahora sonaban ingenuas. El sobre estaba solidificando una narrativa que ya no podía deshacer ni suavizar, por mucho que quisiera.
Se preparó para enfrentarse a él, endureciendo su determinación. Entre el correo y el hotel, creyó comprender la verdad. Había consuelo en la certeza, incluso en la certeza dolorosa. Daba forma a su miedo, permitiendo que la ira sustituyera a la confusión y que la acción sustituyera a la espera.
