Días después, volvió a encontrar el sobre en la basura, doblado con cuidado, sin romper. El nombre del hotel se le quedó grabado. Lo buscó en Internet, sintiéndose ridícula. Estaba en el distrito financiero. Cerró el navegador, enfadada consigo misma por haber unido puntos que no encajaban.
Ahora, con la carta en la mano, el recuerdo se agudizó cruelmente. El hotel, la transacción, el secreto y la venta. Repitió su despreocupación, la risa practicada. Ya no le pareció inofensiva. Parecía ensayado. Las pruebas se acumulaban sin esfuerzo, convenciéndola de que había ignorado las señales de advertencia porque la confianza había hecho que la duda se sintiera desleal.
