Llenó su tiempo con su propio trabajo y rutinas. La productividad sustituyó a la conversación. La independencia le parecía práctica e incluso virtuosa. Se convenció a sí misma de que el espacio era saludable, de que las vidas paralelas seguían contando como unión, ignorando la soledad que se instalaba entre tareas y horarios.
Dejaron de compartir detalles, luego dejaron de notar la ausencia. Las actualizaciones parecían innecesarias. Las suposiciones sustituyeron a la curiosidad. Cada uno asumió que el otro lo sabía. Poco a poco, la conciencia se fue embotando y los pequeños cambios pasaron desapercibidos, hasta que la conexión dependió más de la memoria que de la atención.
