Hacía tiempo que se había dado cuenta de que posponían las conversaciones, dejándolas para un momento posterior que nunca llegaba. El cansancio excusaba la distancia y el esfuerzo emocional parecía opcional, algo que se podía omitir sin consecuencias, hasta que el agotamiento sustituía silenciosamente al compromiso. Era como si su familiaridad sustituyera a la intimidad.
El trabajo le consumía, expandiéndose hasta llenar tardes y fines de semana. Los plazos dictaban el estado de ánimo. Las llamadas interrumpían las cenas. Ella se adaptó, minimizando sus necesidades y maximizando su paciencia. Se dijo a sí misma que era una fase temporal que debía soportar, sin saber con qué facilidad la resistencia se convertía en hábito, y el hábito en distancia.
