¡Se enteró demasiado tarde de que su marido iba a vender la casa!

Laura nunca cuestionó ese acuerdo ni pidió garantías. Le parecía innecesario, casi insultante, formalizar lo que ya existía. El amor, creía ella, hacía obvias ciertas cosas. Nunca se le pasó por la cabeza la idea de necesitar un contrato.

Siempre se habían considerado un equipo. Puntos fuertes diferentes, dirección compartida. Ella había contribuido al mantenimiento de la casa. Se enfrentaban a los problemas codo con codo, no solos. Pero esa creencia se tambaleaba ahora. Ya no podía aferrarse al recuerdo de su compañerismo y fingir que aún podrían afrontarlo juntos.