Quince minutos después, llegaron a la línea de árboles donde el asfalto daba paso al barro. Valorian gruñó por lo bajo, inquieto. El adiestrador le soltó la correa. «Muy bien, héroe. Enséñanoslo» El mastín dio un paso adelante, con la nariz pegada al suelo, moviéndose con una gracia sorprendente para su tamaño. El perro policía le siguió, quejándose.
Caminaron entre la maleza húmeda, las ramas goteantes, el olor a tierra espesa y cruda. Valorian se detenía de vez en cuando, olfateaba y seguía adelante. Los detectives intercambiaron miradas, mitad de asombro, mitad de incredulidad. «Está desandando el camino», susurró uno de ellos. El adiestrador asintió. «Los perros recuerdan el olor como nosotros recordamos el dolor. No se desvanece»
