Alguien buscó las grabaciones de seguridad. El vídeo granulado lo mostraba todo: el perro empujando a través de las puertas, la chica desplomada sobre él, el pánico convirtiéndose en asombro. Al verlo, a Elena se le apretó el pecho. Los detectives se acercaron más. «Mira eso», murmuró uno. «Directo a la emergencia. Sin dudarlo»
Prometieron actualizaciones antes de marcharse: huellas dactilares, bases de datos de niños desaparecidos, cualquier cosa que pudiera poner nombre al pequeño rostro tras el cristal. Elena observó cómo anotaban números, guardaban en el bolsillo las bolsas de pruebas y se alisaban los abrigos. Había visto entrar y salir a la policía miles de veces, pero nunca con un caso que le pareciera tan personal.
