Hazel se movió con cautela deliberada, cada paso era un cuidadoso equilibrio entre el respeto a los instintos protectores del oso y su propia determinación de ayudar al osezno. Trabajó suavemente, con las manos firmes, mientras empezaba a cortar la red, sintiendo que se formaba un vínculo silencioso entre ella y el joven animal.
A pesar de sus propios nervios, las tranquilas acciones de Hazel tuvieron un efecto calmante. Los gemidos de miedo del cachorro se convirtieron poco a poco en olfateos curiosos, como si percibiera su intención de ayudar. Cuando por fin cayó la red, el cachorro no perdió el tiempo y corrió hacia su madre, desapareciendo en la seguridad de su abrazo protector
