Un perro se pone a cavar en el jardín y lo que encuentra cambia la vida de su dueño para siempre

Cooper lo miraba. «Probablemente no sea nada», murmuró Brian. Pulsó el play. Al principio sólo se oía una capa áspera de estática, baja y borrosa. Luego algo la atravesó. Brian se quedó paralizado. Un sonido grave salió del altavoz, profundo y desigual, no del todo un gemido y no del todo algo que pudiera nombrar. No sonaba humano. Tampoco parecía música.

Sonaba mal. Detrás de él llegaba un ruido sordo y lento, lo bastante espaciado como para que cada uno cayera por su propio peso. Brian se quedó mirando el reproductor. El sonido bajó y volvió a subir en un largo tirón que le erizó la piel.