Cuidaba de su marido discapacitado a diario, hasta que miró las cámaras.

Nada estaba roto. No faltaba nada. Pero la habitación no parecía usada, sino revuelta, como un espacio que alguien ha revuelto rápidamente y ha intentado, sin éxito, volver a colocar las cosas en su sitio. Las correas no estaban donde ella las guardaba. Un cajón estaba a punto de cerrarse. La alfombrilla estaba mal apoyada, como si la hubieran cogido y abandonado.

Y entonces la ventana volvió a llamar su atención. Se abría más que las demás ventanas de la casa, lo suficiente para que un adulto decidiera colarse por ella. Si un extraño quería entrar sin ser visto, ésta era la habitación que elegiría. Era la única habitación a la que un ladrón podía acceder sin hacer ruido, sin pasar por Marcus, en el piso de abajo.