Seguía siendo ese hombre, en algún lugar bajo el dolor, bajo la silla, bajo la tranquilidad. Así que Julia siguió adelante. Siguió sonriendo a los vecinos. Siguió diciendo: «Nos las arreglamos», en ese tono que hacía que sonara mejor de lo que era. Dejó que la madre de Marcus, Evelyn, la elogiara como si los elogios pudieran sustituir al sueño.
Asentía con la cabeza a comentarios como «Eres un ángel» y se tragaba el impulso de decir: «No. Sólo estoy atrapada por el amor, la obligación y el miedo a lo que me haría irme». Por la noche, cuando Marcus por fin se dormía, Julia se sentaba a la mesa de la cocina con una taza de té que se enfriaba en sus manos. En esas horas tranquilas, la duda no era algo dramático.
