Elías había asentido y no había dicho nada, pero las palabras se le habían quedado grabadas más tiempo del que esperaba. Fue a vestirse. El traje le quedaba bien por los hombros, pero un poco flojo por la cintura: había adelgazado desde marzo y aún no había recuperado el peso.
Se anudó la corbata con cuidado en el espejo del cuarto de baño, de la misma forma que Margaret le había enseñado años atrás, y se la ajustó dos veces antes de decidir que le quedaba bien. Luego buscó el sombrero en el gancho junto a la puerta. El bueno, el sombrero de fieltro marrón que guardaba para las ocasiones. Le sentaba bien. Se parecía a él.
