Cuando se levantó para irse, se detuvo en la puerta, más pequeña de lo que Mike la había visto nunca. «La quiero», dijo en voz baja. «Nunca le haría daño» «Lo sé», respondió el médico. Mike la observó alejarse por el pasillo, con el malestar instalándose en su pecho, no porque Eleanor pareciera culpable, sino porque, por primera vez, ya nadie en la habitación parecía estar seguro.
Lo que fuera que estaba haciendo daño a su hija no había sido explicado. Sólo se había estrechado. La espera se alargó. No fue una espera dramática -sin alarmas ni gritos-, sino un lento arrastrar de horas marcadas por el ir y venir de las enfermeras, la comprobación de las bolsas de suero y la actualización de los historiales. Maxine dormía, con su pequeño cuerpo acurrucado sobre sí mismo y una mano alrededor del dedo de Carrie.
